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Los judíos, amén de haber perdido su independencia política, tuvieron que contemplar con dolor el hecho de que sobre el trono de David se sentaba ahora un aborrecido idumeo. En el año 37, HERODES el GRANDE se apoderó de la Ciudad Santa, y desde aquel momento impuso un yugo pesado, cruel, tiránico, más que fastuoso, sobre toda la nación judía. No había apenas muerto el tirano, cuando un astro maravilloso se alzaba sobre Belén de Judá, anunciando al mundo entero que el antiguo trono de David habría sido restaurado por un Rey "cuyo reino no tendría, fin". Después de la muerte de Herodes y la deposición de su hijo ARQUELAO, Judea fue administrada directamente por Roma mediante un procurador, que residía en Cesárea (año 6 d. de Cristo). Durante el gobierno de uno de éstos, PONCIO PILATO, fue cuando NUESTRO SEÑOR ejerció su ministerio de predicación, fue arrestado, condenado y crucificado.
Los judíos, el año 66, exasperados por los vejámenes del procurador FLORO, se sublevaron contra Roma. La guerra duró cuatro años y fue una de las más crueles que recuerde la historia. Finalmente, en el verano del año 70, TITO se apoderó de Jerusalén. La ciudad fue destruida, el templo quemado y los habitantes muertos o llevados cautivos. Se cumplía así la profecía de Jesús (Lc 19, 43-44). Medio siglo después, un aventurero, Bar-Kokheba, intentó hacerse pasar por el Mesías, empezando una nueva sublevación, en unión de sus partidarios, contra Roma. Esta guerra, también cruel, duró tres años (132-135) y terminó con la conquista de Beter (el hodierno Bittir). Esta vez la ruina es definitiva. Palestina se convierte por algún tiempo en un inmenso cementerio y tierra de soledad. Los judíos que pudieron escapar a la matanza, se reunieron en Galilea, especialmente en Tiberíades, alrededor de sus rabinos. Entre tanto, sobre los escombros de Jerusalén, el emperador ADRIANO levanta una ciudad pagana que llamó "Aelia Capitolina".
Con la victoria de Constantino y el triunfo del cristianismo. Palestina surge de entre las ruinas y, repentinamente, se embellece con magníficas basílicas, monasterios y edificios de todo género. El arte sacro, al servicio de Constantino y de SANTA ELENA en el s. IV, de la emperatriz EUDOCIA en el V, y de JUSTINIANO en el VI, creó espléndidos monumentos que indicaron a los fieles los lugares santificados por el nacimiento, vida y muerte del Redentor. Las colinas del Monte Sión, las campiñas de Belén, valle del Jordán, las soledades del desierto de Judea se poblaron entonces de anacoretas y de monjes. Los peregrinos venidos de las regiones más lejanas de oriente y occidente, acudían en masa a los lugares bañados por la sangre divina. A pesar de los violentos ataques de las herejías, Tierra Santa fue verdaderamente en aquella época la tierra de los santos. Las grandes figuras de S. Jerónimo, Sta. Paula y Eustoquio, las dos Melanias, S. Eutimio, S. Sabas, S. Teodosio y S. Cirilo, pasan gloriosamente a través de la historia, a veces turbulenta, de estos siglos de ardiente vida cristiana. Palestina es devastada el 614 por el rey de Persia, Cósroes II, que destruyó casi todos los edificios religiosos. No había terminado aún la restauración por obra de Eraclio (628) cuando Tierra Santa caía en manos de los árabes musulmanes (636).
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